José María Serrano - escritor

Gargallo


VÍA CRUCIS



Este libro se terminó
de imprimir, el día
9 de Abril de 2006,
Domingo de Ramos
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PRÓLOGO

El Vía Crucis, tiene su origen en Jerusalén. Los primeros fieles cristianos recorrerían el camino de la Cruz -que ese es el significado del término latino-, desde el Pretorio de Pilatos hasta la cruz del Calvario, venerando aquellos santos lugares más memorables, santificados por nuestro divino Redentor en su Pasión. Es razonable que así sea. Seguramente, la Virgen, acompañada de Juan y de otras mujeres, recorrería todo el camino seguido por Jesús: desde Getsemaní y su huerto de los olivos, a las casas de Caifás y la de Anás, al palacio de Herodes, o al Gólgota y al sepulcro; allí donde su Hijo había caído o había sufrido. Con el recuerdo de la gloriosa Resurrección, se detendrían en silencio y recordarían aquellos instantes, quizá con un sollozo al encontrar una gota de Su Sangre.

Los Apóstoles, arrepentidos de su cobardía, con la confortación de Pentecostés, también andarían ese camino penitente, enseñando a recorrerlo a los que se agregaban a la Iglesia.

Con la paz otorgada a la Iglesia por Constantino, se multiplicaron las peregrinaciones a los Santos Lugares. San Jerónimo, que vivió en Belén largo tiempo —últimos años del siglo IV y primeros del V—, da testimonio de la afluencia de fieles que acudían a visitar esos Santos Lugares, procedentes de los más remotos puntos de la tierra.

Con la ocupación musulmana, la dificultad de visitar Jerusalén fue haciendo sentir la necesidad de representar ese Vía Crucis en otros lugares más asequibles a la gente. Así se hace en torno a monasterios y santuarios de Europa.

Con motivo de las cruzadas, esta devoción tiene un gran impulso. Los cruzados y los peregrinos, al regresar a sus lugares de origen quieren recordar esas escenas y se generaliza el erigir Calvarios en sus pueblos, en diversas formas y materiales, con "estaciones" recordando las escenas de la Pasión. Costumbre que permanece en muchos de nuestros pueblos. Cooperantes en esta misión fueron los Franciscanos, al instalarse en Jerusalén en 1342, tomando a su cargo la custodia de aquellos lugares tan venerables. Ello contribuyó a propagar esta devoción en Italia, Europa y después en todo el mundo católico.

A lo largo de la historia, el número de estaciones y el sentido del recorrido no fue exactamente el de las catorce que hoy se viven. Este número y orden se concreta en el siglo XVIII, generalizándose su representación dentro de las iglesias, colocadas a cierta distancia unas de otras, y concediéndose las mismas indulgencias que tenía el recorrido por las calles de Jerusalén. El término "estación" proviene de que los que hacen este ejercicio se "estacionan" o detienen unos momentos frente a la escena contemplada.

Esta práctica piadosa consiste en la meditación de la Pasión y Muerte de Cristo, pasando de una estación a otra, y puede realizarse de muchas maneras. Resumimos una de ellas:

Puede comenzarse con un acto de contrición.

Antes de enunciar la estación, se dice: "Te adoramos Cristo y te bendecimos, que por tu Santa Cruz redimiste al mundo"

Se realiza la meditación de la escena contemplada, bien mentalmente o con la lectura de un texto.

Finalizando cada estación con el rezo del Padrenuestro, el Avemaría y la jaculatoria: "Señor pequé, tened piedad y misericordia de mí', mientras se pasa a la siguiente.

Agustín Pérez


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