José María Serrano - escritor

Gargallo


El cofre



El regreso al pasado,
a través de un recuerdo
te sobrecoge el alma
y en tu mente aparecen
imágenes en ráfagas;
de repente te envuelve
una dulce nostalgia.

En un pequeño pueblo de la sierra
aún conservo la casa solariega,
aquella en que vivieran mis ancestros,
y que pasó a ser mía
como único heredero.
La mantengo habitable,
movido por respeto
más que por voluntad de poseerla.
Me consta que la hicieron mis abuelos.
Ellos murieron siendo yo pequeño.

Habitaron también allí unos tíos
que, buscando otras metas,
emigraron, con pena, al extranjero
Jamás se supo nada de su vida,
ni yo guardo el más mínimo recuerdo.

La última primavera,
después de haber pasado un mal invierno
con ataques de tos y amagos de asma,
decidí ausentarme una semana
para estar sosegado y bien tranquilo
en la casa del pueblo.

Hubo tres días de radiante sol
que entibiaba el ambiente.
Eran verdes los montes
salpicados de espliego y de tomillo.
Paseando por sombreadas sendas
me acercaba hasta el río,
y si las fuerzas me lo permitían
alcanzaba el molino,
ahora tejado y muros derruidos.
Añadían color las mariposas,
melodía los pájaros canoros,
consiguiendo olvidarme
de los muchos achaques que sufría,
y lograba, si bien por un instante,
ilusiones perdidas.

Pero el tiempo cambió.
Una lluvia menuda y tamizada
empapó la floresta.
Oculto el cielo azul,
también mi espíritu se llenó de brumas.
Envolvían los muros de mi casa
silencio y soledad
y volaban mis vagos pensamientos
a veces entre arcángeles divinos,
a veces entre sombras del averno.

Cierta tarde, por motivos que ignoro,
se me ocurrió subir
al desván de la casa.
Atrajo mi mirada
un cofre polvoriento
sobre una vieja silla recostado,
que jamás recordaba haber abierto.
No había allí ningún tesoro oculto,
sólo un sucio tintero de cristal,
un plumín oxidado,
el cabo de una vela amarillento,
una vieja medalla de aluminio
y otros pocos pertrechos.
Me llamó la atención ver que en el fondo
se hallaba una tarjeta
de un blanco inmaculado,
lo cual me resultó asaz extraño.
Aquella hermosa letra
parecía recientemente escrita
por un diestro amanuense.

Sorprendido y, tal vez, temeroso
leí el mensaje con fruncido ceño
y esto es lo que decía:
"Aunque no nos recuerdas
nosotros te queremos.
Todos estamos bien. Te aguardaremos".

Salí de aquel desván, lúgubre y sucio,
temblorosas las piernas,
sobrecogida el alma;
pero no pude, por desdén, no quise
entender las palabras.

Me asomé a la ventana,
doraba el sol, de nuevo, la campiña,
relucía la hierba.
Olía a primavera.

José Mª. Serrano.


Webmaster: Jesùs Burillo Albero | http://josemariaserrano-escritor.es/pag03-09.html