José María Serrano - escritor

Gargallo


El último poema de Calíope




Yo buscaba la caja de Calíope
por la propia Minerva diseñada,
trabajada en platino
y con piedras preciosas engarzada.

Recorría selváticos parajes
de árboles corpulentos;
macizos de esmeralda
brillaban a lo lejos.

Llegué a un lago encantado
donde ninfas hermosas se bañaban;
miles de aves volaron a mi paso
en plúmeas bandadas.

Pero no me rendí a esas maravillas
por ser otra mi meta.
Sabía que Calíope
conservaba en la caja
los poemas más dulces
de cuantos en el mundo se escribieran.
Yo quería leerlos
y llegar a alcanzar
el nivel más profundo
de la felicidad.

Fueron muchos los valles,
los llanos y las cumbres
por los que errante anduve
sin presentir el tiempo o la distancia,
hasta que cierto atardecer sereno
apareció a mi vista,
reluciente y magnífica,
la caja deseada
sobre un lecho de lilas.

La abrí lleno de gozo
pero estaba vacía.
Lloré con amargura
y lloraron las aves y las ninfas.

Oscureció la luz del horizonte
las aguas ya no eran cristalinas,
y hasta las esmeraldas
se tornaron opacas.

Sacudí aquella caja desolado
y sucedió el milagro.
Algo cayó de dentro, oro sin duda,
como polvo sutil, que fue formando
los versos del más cálido poema.

El último poema de Calíope
salía de la caja diseñada
por la propia Minerva.
Era un canto a la paz y a la armonía
un himno a la esperanza,
tan radiante que tornó la alegría
y la luz a los mundos.

Resultaba tan bello
como resultan los dichosos sueños.

José Mª. Serrano


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