José María Serrano - escritor

Gargallo


Regreso a las ruinas de Belchite




Tenía que pasar algunas pruebas
para poder seguir por el camino
de la superación.

No es posible avanzar en la otra vida
si te quedan resquicios de amargura,
o si todas tus deudas
no han sido perdonadas todavía.

Obtenido el permiso
partí hacia mi destino de otro tiempo.
Divisé desde lo alto
las ruinas de Belchite.

Resultaba sereno
aquel atardecer
cargado de silencio.

Ya en el suelo, tomé la forma humana;
tenía que sentir las emociones
de cuando fuí ser vivo.

Caminé entre las calles mutiladas,
de rotas casas y agrietados muros,
convertido en un joven de veinte años,
aquel que tuvo que luchar sin ansia
en fratricida guerra,
aquel que por vergüenza no lloraba
disimulando estar muy asustado.

Vestía de uniforme,
el mismo que cubriera mi cadáver,
los mismos pantalones desgastados,
la guerrera arrugada,
las polvorientas botas
y el pesado fusil entre las manos.

Se escuchó una sirena;
sonó rabiosamente
anunciando derrumbe,
dejando hondas de muerte.
Un niño corría con su madre
calle abajo precipitadamente.
Todo era confusión, desorden, pánico.
Yo corría también
hacia ninguna parte.

Llegaron enseguida bombarderos
rugiendo sus motores sobre el pueblo.
Hubo gente que se metió en la iglesia.
Una anciana lIoraba, otros oraban.
Oí como un silbido,
Temblando de pavor me quedé inmóvI.
Sabía que la bomba descendía,
intuí que la muerte me buscaba,
presagié la metralla mutilándome;
lo presagié, lo supe, lo intuía.

La explosión me lanzó contra una tapia.
En aquella pared clavé las uñas
al sentirme morir horriblemente,
dejando las señales de mí angustia:
cuatro surcos hendidos en el yeso
y un gran río de sangre sobre el suelo.
Revivido el dolor,
decidido a cumplir con mi misión
perdí la forma humana nuevamente.
Fui en busca de aquel muro
y hallé el lugar exacto.
Allí estaban marcados todavía
los surcos de mis uñas
tan nítidos y claros
como cuatro profundas cuchilladas.
Con el sosiego de la eterna vida,
con la sublime paz tan deseada,
sin odio ni rencor,
cualquier porción de duda superada,
soplé sobre las huellas
quedando en el momento, al fin, borradas.

Oscurecía sobre los olivares
cuando, veloz, tornaba a mi morada.

José Mª. Serrano.


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