José María Serrano - escritor

Gargallo


Clonenstein



Publicada en Cuadernos de Poesía nº. 3 con el título
DESDE EL ÁNGULO MÁS OSCURO
Editorial La Fragua del Trovador - Zaragoza

Me parece a veces que mi sangre corre a oleadas,
igual que una fuente de rítmicos sollozos.
Pero me palpo en vano para encontrar la herida.

Baudelaire


(Hay abismos más allá del destino
que para el hombre son inescrutables.
Más allá de los límites,
no existe humano capaz de penetrar.
Pensamos con la lógica heredada
a través de los tiempos,
no con otra,
y nadie puede hacer obra ninguna
con lo que no posee)
No soy fruto del amor.
ni siquiera lo soy de un coito apresurado
en la trastienda de una droguería,
ni procedo de un diestro cabezón,
que avanza coleando a su destino.

He visto a una mujer embarazada.
Celoso de su feto, he bajado la vista.
Añoro un baño amniótico
en la ingrávida cavidad ventral.

Desearía amamantarme de unos pechos
cuajados del tibio calostro
que nunca probé.

A ti sí te parieron.
Con el llanto del niño
que empieza a respirar
anunciaste que ya habías nacido.
¡A ti sí te parieron!

Tú te fuiste formando desde siempre,
como se forma un vino de reserva,
o se madura un queso artesanal
en la bodega oscura;
por eso eres persona.
A mí me falta tiempo.
Soy tan sólo un antojo.

(La vanidad, enormemente hostil,
es más aguda que la inteligencia,
Y, sin embargo,
también el vanidoso
se retuerce y fenece
ante el letal aguijonazo del fracaso)

Como ser primigenio me repite
que debería sentirme complacido.
Complacido ¿de qué?
Reír y llorar me está vedado.
Me siento andrógino y androide
a un mismo tiempo.
En plena juventud,
sigo vacío.

La claridad me hiere la retina.
Unicamente en sueños
veo el cálido color de los objetos.
Despierto mis paisajes son arenas oscuras
salpicadas de dunas movedizas.
Nadie entiende por qué
la miel me sabe amarga.
Me pregunto si existo realmente.
Cuando llega la noche,
en el cielo cuajado
voy buscado mi estrella.
Al no hallarla,
el vacío me envuelve.
Camino a tientas sobre al agudo filo
de una obscena guadaña.

(La búsqueda es quehacer lícito
para todo ser vivo,
aunque sólo los sabios
saben dónde buscar.
El necio escarba entre la paja
queriendo hallar una pepita de oro,
pero únicamente encuentra
excrementos de rata)
Los de la bata blanca me persiguen
con pócimas que meten en mi boca,
pero nunca las trago.
-acabaré mordiéndoles-.
Son acólitos de arcilla
obedientes al más impúdico manipulador
de todo tiempo.
También hay enfermeras que me hablan
con la voz tintineante del cristal.
Si yo pudiera amar
las amaria.
Cuando salgo a la calle
el tráfico me asusta.
¿Por qué nadie me mira?
No pienso en escapar.
No sabría vivir sin el vacío
de las cuatro paredes que me aguardan.
(Para temer hay que tener consciencia.
Sólo el hombre completo
admite la existencia de un destino.
Para ser liberado
es menester primero
caer en la lúgubre prisión
de los deseos)
Del néctar de la vida,
ávidos se nutrieron
todos seres paridos,
glotones placentarios
de cordón umbilical.
Yo me perdí el festín.
Escasamente el instinto
de la bestia me otorgaste,
Clonenstein.
Si yo fuera capaz de implorar
abriría los brazos
esperando un milagro.
Pero no sé pedir ni desear;
desconozco el camino
que conduce a esa bóveda azul
donde moran los ángeles.

Los vapores de la muerte
no me asustan.
Tan sólo me resulta curioso
el dejar de vivir
antes de haber nacido.
Tan sólo eso
me resulta curioso.
Me han dicho que los hombres
aspiran a salvarse.
Me han contado que existe
un destino inmortal
al que se accede
por mediación del alma.
¿Qué has hecho de la mía, Clonenstein?
¿Acaso no supiste fabricarla?

(El creador se complace en su obra,
el falsificador acaba aborreciéndola.
No hay bandera que pueda ondear
sin el aliento del espíritu.
La ciencia intenta escabullirse
de las manos del hombre,
y existen seres que se las enjabonan
para que esto suceda prontamente.
La estupidez conduce a la irreflexión,
y esta a la tragedia.
Nunca podrá dejar de acontecer
lo que ya ha sucedido)
¿Te has cansado de mí?
¿O es que ya no soportas
los rayos que envío a tus pupilas
a través de las mías?
¿Me temes, Clonenstein?
¿Por qué no me visitas?
¡Ah, falso Profesor!
¿Nunca responderás a mis preguntas?
¿Dónde te ocultas?

Todo tu poder se encierra en mí,
que no soy poderoso.
De ahí viene tu fracaso.
Mi más penosa carga:
mi impotencia por no poder odiarte.
¡Alerta, humanidad!
Clonenstein se hartó de Dolly.
Volverá disimulando, haciendo el inocente,
con su espéculo disfrazado de azucena,
y sus arengas en nombre de la ciencia pura,
intentando saciar su sed
de perro vanidoso lacerante,
arremetiendo con letal insania
contra otros espectros infelices como yo.

José María Serrano


Webmaster: Jesùs Burillo Albero | http://josemariaserrano-escritor.es/pag03-37.html