José María Serrano - escritor

Gargallo


El ácido sabor de la pobrerza



Publicada en Cuadernos de Poesía nº. 3 con el título
DESDE EL ÁNGULO MÁS OSCURO
Editorial La Fragua del Trovador - Zaragoza



¡Eh, buena mujer!
media historia de mi vida
por un pedazo de pan;
Escúcheme, señora,
apague el culebrón.
¿Cómo puede aguantar tanta mentira?
¿No ve que esas historias no son ciertas?

Escúcheme, mujer,
oígame atenta
y si quiere llorar, llore conmigo.
Pero apague el culebrón,
que es todo falso en el serial, buena mujer.
Ni el pobre es pobre,
ni el rico es rico,
ni ella está enamorada de su amante.
Yo le ofrezco verdadera historia
por un pedazo de pan.
Míreme, señora, de arriba abajo
y dígame si no soy yo un pobre de verdad.

Mire mis uñas largas, negras, repugnantes;
vea a un genuino vagabundo,
con auténticos piojos en el pelo
y rojiza sarna por los brazos.
Observe, mujer,
esas oscuras manchas en mi cara.

Son reales costras de roña y suciedad,
acumuladas capa a capa, día a día,
con tenacidad de pordiosero.
Fíjese, señora, en mis piernas varicosas.
A punto están de reventar las venas.
¡Esas son verdaderas varices de giróvago!

Por un trozo de pan, hermana,
comprobará que, a pesar de mi aspecto,
aún soy persona y no fantasma.
Por un trozo de queso
abriré la llaga tumefacta,
que me devora el hombro
y llega al tuétano,
y brotará la sangre;
así verá que no soy vegetal.

Por un vaso de vino,
por un vaso de vino ¡oh, señora?
usted podría comprobar que soy un hombre
y no una ninfa.
Para ello, humildemente,
con la delicada dignidad del desvalido,
con sumisión, respeto y reverencia
en su acto sucinto y casi sacro,
pondría al descubierto
mis ya inservibles atributos.

Y si, colmadamente, añadiera una taza de café
a este menú, buena mujer,
por una taza de café, repito,
podría contemplar lo que tan solo
algunos elegidos han contemplado.

Usted, hermana, por una taza de café,
vería un alma, el alma mía,
mi alma usted vería
por una taza de café, señora.
demostrando, por tanto,
que soy, también, humano.

Y puestos a soñar, buena mujer,
por un cigarro puro, ¡oh, gran señora!
¿Qué podría ofrecer por un cigarro puro?
Por un cigarro puro
podría yo ofrecerle mi pobreza,
y el perder mi pobreza supondría
perder mi dignidad.
¡Perder mi dignidad por un cigarro puro!

Y ya desposeído de todo lo sublime,
después del gran banquete,
cortaría mis venas
con el filo herrumbroso
de mi viejo cuchillo
y a sus pies, cadavérico,
a sus pies, muerto y frío,
a sus pies, gran señora,
a sus pies, desangrado
a sus pies yacería.

José María Serrano


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