José María Serrano - escritor

Gargallo


Insufrible



Publicada en Cuadernos de Poesía nº. 3 con el título
DESDE EL ÁNGULO MÁS OSCURO
Editorial La Fragua del Trovador - Zaragoza

Ven, acércate,
deja las tumbas
putrefactas;
abandona las morgues
repletas de cadáveres,
hendidos por el puñal
de tus palabras.
Desoye esos lamentos
de los emparedados,
porque van a fenecer
irremisiblemente.
Atarazados dedos desuñados
a fuerza de arañar
las piedras,
destilan poco a poco
las últimas gotas
de su sangre.
Tú les diste cobijo
entre las lajas
para que ni, tras muertos,
pudieran acariciar la idea
de la liberación.
¡Corre!
Tu vida miserable
es mejor que la mía.
Los monstruos que sueñas
son engendros etílicos.
Llega pronto,
sobrio por una vez.
Trae contigo a tu cuervo,
con el pico afilado,
(plumas y corazón
puro lamento)
que tiene que cumplir
una misión.
Edgar Allan Poe,
imploro tu presencia
para que narres mi agonía,
más aguda y más cruel
que todas tus historias juntas.
Que ese humor salado
de tus lágrimas
te enrojezca los ojos
al escuchar
este veraz relato,
mientras tus entrañas
se convierten
en témpanos de hielo
cuando suene mi voz
despavorida:
Pues, señor,
yo aceptaba la vida
sin reclamar
perversas emociones.
Mi aspiración:
vivir;
mi lema:
que otros vivan;
mi esperanza:
la paz;
mi estilo:
sobriedad;
para el amor:
dispuesto;
mi oración:
¡Oh, Señor!
Ganaba el pan
con la destreza y fuerza
de mis brazos,
y nunca poseí más intelecto
que el sentido común
de un hombre cuerdo.
Soñaba amaneceres violeta
y crepúsculos teñidos de escarlata,
y al aspirar la esencia de las flores
se abrían mis sentidos
en un instante, plenos
de una sencilla pero intensa dicha.
¡Aciago día,
torpe hora
en que mi mano
perdió su ritmo
y quedó presa!
Los férreos engranajes
magullaron huesos y tendones,
y yo, todo dolor, desfallecía.
Verme sin ella
era verme incompleto;
la asimetría
penetraba en los poros de mi piel
y hacía insoportable mi existencia,
sin poder refugiarme con tal pena
entre las notas
de mi vieja guitarra,
desde entonces muda.
Ciencia magnificente,
ciencia que maravilla,
ciencia de vida y destrucción,
ciencia sin fin,
que empezó con el hombre
y acabará con él;
ciencia de los milagros,
ciencia en que confiar,
ciencia generosa
que atiendes por igual
al pecador que al justo,
al ignorante, al sabio,
al odio, a la razón...
¡Ciencia, ciencia!
Edgar Allan Poe,
tú sí sabrás hallar
la raíz de mi desdicha.
Apresúrate y ven;
mira esta mano
azulada y amorfa,
aún sin tacto y fría
como la un cadáver insepulto;
ve su deformidad,
ve su tamaño
descomunal, atrófico
ve, Edgar, amigo,
cómo apunta a la otra
desafiante,
ve cómo desea hundirme
en la más degradante
humillación.
Ve qué distinta es,
ve su aspereza
ve cómo nunca,
aunque pasen los años,
será una mano mía.
No puedo soportar
más tiempo su presencia. –
Mis noches son
inmensamente largas,
me debato
en el insomne ponto
de mi lecho,
entre el agobio lacerante
de una respiración
entrecortada.
Atroces pesadillas
aturden mi cerebro.
Noto la mano separarse,
rompiendo los puntos de sutura,
avanzar por mi pecho,
llegar al cuello
y agarrándolo fuerte
estrangularlo.
Entonces,
entre alaridos de pavor,
despierto.
¿Por qué tardas?
Apresúrate,
llama a tu pájaro, Edgar Allan,
y ambos venid
a socorrerme.
No le será difícil
despojarme del miembro,
a picotazos,
y una vez arrancado
tornarlo en vuelo sepulcral
a la tumba tranquila
de su auténtico dueño.
El que es pájaro sabio,
pues encierra
la verdadera esencia
de todos tus poemas,
Sabrá hallar el camino
por su bien.
Por su bien
sabrá hallar el camino,
pues si fracasa
(¡pájaro inmundo!)
en aceite hirviendo
le abrasaremos vivo,
y entre tú y yo
devoraremos sus entrañas
en un festín apocalíptico.

José María Serrano


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