José María Serrano - escritor

Gargallo


Romance de Cipriano y Rosaura



¡Oh, Rosaura!
En este atardecer de rosas blancas
el eco de tu efigie me sublima.
Sobre élitros postreros
se desvanece la sombra de la hormiga,
y el párpado flaquea
entre las alas de pájaros sublimes.
La piedra se corona en la nostalgia,
azul se manifiesta el sentimiento,
se extiende el gozo sobre nevadas cumbres,
y herraduras de plata
hollan el espejismo de los lobos.

¡Ay, Cipriano!
Desde que decidiste ser poeta
¡menuda papeleta!
No consigo entender esas palabras
que saltan en mi mente como cabras.
No puedo interpretar tus sentimientos,
ni sé si lo que dices son lamentos
o si quieres mostrarme tu alegría
con esa poesía.
No malgastes tu gran saber en vano
y escríbeme en cristiano.

¡Oh, Rosaura!
Atisbo en ese tu delicioso verbo
el trote de gacelas perseguidas
que recorren estepas desdobladas
en la languidez del abanico.
No es la roja paloma de la ira
un óbice impreciso
que salde la curvatura del lamento
en desusado afán controvertido.
Volando van a ti las golondrinas
entre la turbia noche que no acaba,
mientras el ruiseñor, adormecido,
aguarda en la corola de tu boca.

¡Ay, Cipriano!
Ya te voy comprendiendo;
ahora estás aludiendo
a ciertos animales.
Imagino reales
gacelillas paciendo sosegadas
en graciosas manadas.
También las golondrinas,
ágiles y divinas,
creo ver revoloteando,
porque, de vez en cuando,
me asomo a la ventana
para ver cómo pasa la mañana.
En cuanto a las palomas,
las veo cuando apuntan por las lomas,
aunque las de mi pueblo,
te lo digo y no reblo,
que ninguna yo he visto colorada,
sino de pluma blanca o azulada.
Tus palabras, sin duda, son hermosas
aunque algunas me caigan como losas
sobre mi escaso y ruin conocimiento,
pues no tengo cultura ni cimiento
como tú, Ciprianico,
que de chico
te marchaste a estudiar al seminario,
aunque nunca llegaste a usar breviario,
pues por trasto y por pillo
te quedaste estancado en monaguillo.
Hay algo, sin embargo,
que me causa letargo
y no me gusta nada:
Leía embelesada
y, de repente,
te vas por la tangente
y dices que mi boca es de escarola.
Di, al menos, que la tengo de amapola.

¡Oh, Rosaura!
Cuando el céfiro cabalga
abrazado a la llama del recuerdo,
los pámpanos crujientes
chamuscan lo incorpóreo de la espiga.
Mil sierpes ponzoñosas
se agitan sobre el filo de mi frente
y tan solo el perfume a violeta
restituye la sabia de la esponja.
Zozobran las dunas solitarias
mientras la tarántula agoniza;
mas guárdame la espuma de tus ojos,
que dará aliento
a la estatua doliente
de mi melancolía.

¡Ay, Cipriano!
Hoy a penas comprendo
esto que estoy leyendo.
No sé por qué me vienes con lisonjas
y me hablas de "pampános" y de esponjas.
En cuanto a lo de esa araña agonizante
lo veo interesante,
porque la "tarantúla" es un bicho tan malo
que no muere ni con piedra ni con palo.
Pero hay algo que me encanta ahora
y es que veo que, al menos, te enamora
una pequeña parte de mi cara,
y en ello no hay ninguna cosa rara
pues no eres el primero
que, zalamero,
alaba la hermosura de mis ojos
que no ocultan anteojos
ni lentillas, ni gafas,
pues son como garrafas
de grandes. Y negros también son,
como el carbón.
Lo que ya no comprendo
es que me estés pidiendo
que te guarde la espuma que en ellos se me mete;
me pones en un brete,
pues si me lavo la cabeza
sin demostrar destreza,
a ver, con lo que pica,
quién es la rica
que aguanta ese escozor
y ese picor.
Como la cosa me resulta muy extraña
te guardaré mejor un pelo de pestaña.

¡Oh, Rosaura!
olímpico templo indestructible
de limpios y serenos soportales.
Erguido en la atalaya de mis sueños
imagino el vértice sagrado
de tu geometría.
En onírico estado
ansío el tacto de bellísimas jícaras,
portadoras de néctares sublimes,
que colmen el amor que por ti siento.
Dime pronto si tú también me amas,
porque una larga espera
podría socavar la frágil porcelana
que envuelve la cavernosa huella
de la nécora.

¡Ay, Cipriano!
Encuentro muy gracioso
que me veas como un templo tan grandioso.
Limpia sí soy
pues siempre estoy
barriendo mi portal,
(que en ello soy puntual).
Me alegra mucho que me quieras,
si lo dices de veras,
y me pides que dé pronta respuesta
a tu propuesta,
pues si muestro desgana
a pedazos se romperá esa porcelana
en la que dices guardar una "necóra",
que no recuerdo ahora
si se trata de un tipo de animal
o de algún vegetal.
Pues mira, Ciprianico,
ve poquico a poquico,
y aunque creo que conmigo eres sincero
aclárame primero
lo del "vertíce sagrado de mi geometría",
que me parece a mí una picardía.
Aclárame también eso de las "jicáras"
que quiero tener las cosas claras,
porque mucho sospecho
que te refieres a mi pecho,
y aunque muy culto y muy poeta
creo que tienes, Cipriano, mucha jeta,
y ese no es el camino.
Y con esto termino:
Si deseas que sigan nuestras relaciones
ya te he dicho en bastantes ocasiones
que dejes de llamarme a mí Rosaura,
pues me llamo Rogelia Pérez Saura.

José María Serrano


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