José Mª. Serrano

Escritor

gargallo

La estancia de los espejos



Me resultaba imposible hacer frente al impulso de aquella extraña llamada, por lo que abandoné toda idea de resistencia para rendirme a la fuerza que tiraba de mi hacia un lugar desconocido. Ascendí por unos escalones de madera, sin saber adónde conducían. No importaba. Ya no era dueño de mis actos; mantenía abiertos mis sentidos, pero no mi voluntad. Me detuve ante una puerta cerrada, pero, al empujarla suavemente, cedió sin emitir ruido alguno. Mi corazón se aceleró, aunque no pude evitar asomarme y mirar. Había muchas personas trabajando allí dentro en silencio total. Unas hablaban por teléfono, otras manejaban ordenadores; las había que escribían en cuadernos, tomaban notas, archivaban carpetas o miraban libros. Entré. ¿Dónde me encontraba? Intenté pensar con claridad. Había algo que me lo impedía. ¿Estaba en un taller? ¿En un oficina, acaso? ¿Se trataba de un laboratorio? ¿Por qué era incapaz de definir cuanto apreciaba en aquella estancia? ¿Cuál era el misterio? Procuré concentrarme para recuperar mis facultades volitivas. Di un paso adelante. Deseé que alguien se percatara de mi presencia y me preguntara qué estaba haciendo allí. Pero nadie lo hizo. Miré a mi alrededor. Había unos grandes espejos a ambos lados. Seguí escudriñando. No, no se trataba de grandes espejos. Todas las paredes eran espejos, y también el techo, e, incluso, el suelo que pisaba era un enorme espejo. Segundos más tarde comenzaba a ser yo mismo. Ya era capaz de enjuiciar las cosas correctamente. En un principio, los espejos me habían deslumbrado y habían conseguido sumirme en la fantasía de una irrealidad. Pero ¿y aquellas personas que trabajaban juntas y, sin embargo, parecían ignorarse? Avancé decidido unos pasos más para desentrañar el misterio. ¡Ahora lo comprendía todo! En el centro de aquella estancia había solamente una persona sentada ante una gran mesa. El efecto calidoscópico de los espejos multiplicaba su capacidad de trabajo y lo reflejaba como a un equipo entero. Me aproximé a él y vi que era Joaquín Mateo Blanco. Entonces le pregunté que si quería ser mi amigo, y me respondió que si.


José Mª. Serrano
Marzo 2002.


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Publicado en revista
BARATARIA - Zaragoza


Gargallo


Ermita de San Blas